Aprendizajes de una Pandemia que pueden ayudar a frenar el cambio climático

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Todos esperábamos con ansia que llegara el 2020. De alguna manera, este año era el momento de reflexionar sobre nuestro compromiso con la biodiversidad. La parada obligatoria a medio camino del 2030. El inicio de un nuevo periodo de innovación y gobernanza en Europa.

Lo que ninguno sabíamos es que el 2020 se iba a convertir en un año que no olvidaríamos jamás. La pandemia generada por el COVID 19 nos ha puesto en jaque. Ha dejado al descubierto lo mejor y lo peor de una sociedad globalizada. Hoy somos más conscientes de la fragilidad de nuestro modelo de desarrollo frente a los problemas sanitarios de gran escala. Se ha visto claramente la tramoya de un sistema creado por nosotros que no funciona sin nosotros.

A las cifras dolorosas de bajas y contagios, se han sumado otras voces que alertan sobre la necesidad de no parar las máquinas y que sigan funcionando. Y puede parecer que esta situación que vivimos nos hace decidir entre las personas o la economía pero lo cierto es que no. Sin personas no hay economía.

Efectos positivos del Coronavirus sobre el medio ambiente

Lo que no debería de cambiar: los esfuerzos por cuidar el medio ambiente

Surgen entonces otras voces apocalípticas que aseguran que esto es una antes y un después. Que ya nada volverá a ser igual. Y sinceramente, espero que no sea así. Espero de verdad que muchas de las cosas que existían y funcionaban antes de esta pandemia que sigan siendo como antes.

Estoy hablando de los grandes esfuerzos que se han puesto en marcha para tener un marco común para frenar el cambio climático. La firma del Acuerdo de París por 196 países es un hecho sin precedentes que no deberíamos querer borrar.

No deberíamos cuestionar tampoco la necesidad de un Pacto Verde Europeo, que plantea el crecimiento verde como el camino a seguir. Donde la descarbonización de la economía forma parte de la normalidad. Una economía verde impulsada por nuevos modelos de financiación. Respaldada por inversores que tienen una visión diferente o más amplia del concepto de beneficio. Una economía en la que ya no vale hacerse rico a base de comernos el Planeta.

Este nuevo modelo económico aún está sin estrenar y no deberíamos dejar que muera antes de nacer. Especialmente porque aún no sabemos lo que es planificar y decidir cómo desarrollarnos tomando como base el capital natural. Y eso sí que puede ser todo un acontecimiento a nivel global.

Pero además, nos quedamos a las puertas de empezar a planificar la prometedora década de la restauración de ecosistemas que nos prometió las Naciones Unidas. Aún no sabemos lo que es poner verdaderamente en valor el conocimiento ecológico tradicional. Desconocemos las posibilidades infinitas de hermanar la inteligencia artificial y la Restauración Ecológica. Sería injusto borrar de un plumazo la oportunidad de vivir algo así!

Una intervención corta de Jem Bendell en las Naciones Unidas. Sube el volumen!

Lo que podemos potenciar: adaptación profunda

 

Más allá de reafirmarnos en nuestros logros, esta pandemia también debería hacernos conscientes de una de las mejores cualidades que tenemos como especie, que ha sido cruelmente denostada estos tiempos pero que será tremendamente útil en el futuro.

El Coronavirus ha revelado que tenemos una escasa capacidad de anticiparnos a los acontecimientos (lo cual no es nuevo) pero una gran capacidad de adaptarnos a los cambios en muy poco tiempo.

Esta capacidad de adaptación es lo que Jem Bendell llamó en 2018 Deep Adaptation. Este concepto que originalmente se refiere a nuestra capacidad para lidiar con el cambio climático se está haciendo patente en esta crisis sanitaria mundial. Bendell expone lo que sabemos a día de hoy sobre el cambio climático (varias décadas más de información científica que la que tenemos sobre el SARS COV2) y como no hemos sido capaces de anticiparnos con nuestras decisiones.

La explicación a este hecho es, a parte de la ingenuidad humana, que la ocurrencia de las previsiones de cambio climático están sujetas a una gran incertidumbre y nosotros, los humanos, en el campo de lo complejo y lo incierto nos manejamos bastante mal. Es decir, si no tenemos la certeza de que algo va a ocurrir y cuáles van a ser las consecuencias nos cuesta tomar medidas.

No obstante, Bendell confía profundamente en que haremos lo que toque hacer una vez cuando ya no quede más remedio. Como humanos, ya hemos aceptado que el cambio climático antropogénico existe y de cuáles son sus consecuencias negativas. Esto mismo ha pasado en solo unos meses, en los que nos hemos convencido que el COVID19 no es una gripe. Entonces se ha puesto en marcha nuestro mecanismo de Deep Adaptation: quedarnos en casa, construir hospitales, parar la economía, rescatar a las empresas, ect.

¿Qué pasaría si aplicásemos este mismo razonamiento? Bendell resalta que la clave para la adaptación al cambio climático está en adaptarnos psicológicamente a lo que implica, en términos de consumo, por ejemplo y que reinterpretemos creativamente nuestros modelos de vida con menos impacto ambiental.

Por eso algunas de las claves serían seleccionar como sociedad aquellas normas y comportamientos que son beneficiosos de cara a frenar el cambio climático y sus efectos negativos.

Por ejemplo, podríamos replantear determinados modelos de ocupación del territorio o primar comportamientos de renuncia al uso de determinados tipos de transporte. También tenemos la opción de instaurar valores relacionados con las economías regenerativas como la restauración de ecosistemas, selección de dietas de bajo impacto.

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El hormigón y el cemento, siempre han permanecido suficientemente alejados de las comunidades biológicas y el medio ambiente. Se ha asumido históricamente que una cosa son las infraestructuras, que deben ser milimétricamente planeadas, seguras y eficientes y otra cosa  distinta es lo que haya alrededor: ecosistemas naturales que, curiosamente, llevan funcionando de manera eficiente miles de años. (Ver noticia completa)

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